
Por: CESAR PIÓN GONZALES
Magangué no es cualquier punto en el mapa. Hablamos de la ciudad que se consolidó como el primer puerto fluvial de toda la Costa Caribe, el verdadero epicentro ganadero y agrícola que articulaba no solo a las Sabanas y a la Depresión Momposina, sino que conectaba comercialmente con los Santanderes y Antioquia. Un nodo de progreso, trabajo y visión.
Sin embargo, al caminar hoy por sus calles, el contraste estremece. Encontramos basura acumulada en las esquinas, escombros de construcciones abandonados en las puertas sin el menor reparo y un caos vial cotidiano donde la movilidad parece no importarle a nadie: las motos imponen sus propias reglas, los vehículos bloquean parqueaderos sin permitir la salida, los peatones no encuentran espacio seguro para cruzar y las vías se cierran caprichosamente con cualquier artefacto.
Frente a esta realidad, hay un esfuerzo institucional que debe reconocerse y respaldarse. El gobernador del departamento, Yamil Arana, ha mostrado una firme voluntad de transformar el municipio con obras de gran impacto: el nuevo SENA, la remodelación del parque de las Américas y el parque San Martín, la intervención de avenidas principales, el malecón y el desarrollo del Coliseo, proyectado para ser un piloto a nivel regional. Por su parte, la alcaldía ha venido articulándose con estas iniciativas.
Pero la pregunta de fondo que debemos hacernos como sociedad es demoledora: ¿De qué nos sirve una millonaria infraestructura física si no transformamos la calidad humana y el sentido de pertenencia?
Magangué se prepara para recibir un flujo turístico sin precedentes, donde incluso la llegada de cruceros y eventos en este nuevo coliseo pondrá los ojos del país y del mundo sobre nosotros. ¿Qué le vamos a ofrecer a ese visitante que no puede ni atravesar una calle con seguridad porque el tráfico no respeta al peatón? El turismo y el desarrollo no son solo edificios y pavimento; son, ante todo, experiencia, respeto y cultura ciudadana.
No se trata únicamente de trasladar la responsabilidad al Estado ni de quedarnos en la crítica destructiva. El verdadero cambio empieza por cada uno de nosotros, en la conversación diaria en la mesa, en el ejemplo que le damos al vecino, en no arrojar la basura a la calle y en respetar el espacio público.
Si no diseñamos y construimos una nueva ciudad desde la cultura, nuestros jóvenes seguirán condenados a la subordinación y a los empleos mal pagos. Una región sin orden ni disciplina social no atrae industria ni genera empleo privado de calidad, dejando la economía dependiente de los pocos cargos en el sector público o en los entes de control.
Es hora de unificar esfuerzos. Gobernación, Alcaldía y ciudadanía deben remar en la misma dirección. Recuperar la cultura ciudadana y el orgullo por Magangué no es un lujo: es la única vía para garantizar el desarrollo económico y dejarle un territorio con futuro a nuestros hijos.
